Me sentí traicionada en lo más profundo de mi ser.
Siempre quise vivir en San Telmo. Siempre me gustaron esas calles decadentes medio sucias muy viejas y poco cuidadas. Nunca tuve miedo de caminarlas a la noche (nunca viví pendiente de la "inseguridad" - nadie se muere en la víspera). El Bar Dorrego ha sido testigo de más de uno de los momentos bisagra de mi vida. La placita ha provisto incontables cervecitas atacadas por palomas.
No sé.
No me gusta que me paren para darme una larga tirita que me hace "merecedora" de ir a aturdirme en un resto-lounge pretencioso y desubicado. No me gusta que desde la vereda de en frente me invada el sonido de una salsa falsa. No puedo creer que haya gente (no solamente pibes) haciendo cola para entrar a un boliche de puertas y vidrios negros. No me gusta el aire for export de los bares que han proliferado en los últimos cinco años.
Siento que me afanaron San Telmo. Que se lo compraron los turistas yanquis junto con el tango y la Bombonera.