jueves, noviembre 08, 2012

La protesta


Hoy me levanto y, como todos los días, miro La Nación. Hace rato me pregunto por qué sigo suscripta si lo único que hace es amargarme todas y cada una de las mañanas de mi vida. En fin…

Veo esta nota de Carlos Pagni sobre la movilización del día de hoy:
http://www.lanacion.com.ar/1524541-el-desafio-de-un-nuevo-activismo

Lo llamativo es que el texto que aparece en el pirulo de tapa dice cosas con las que estoy sinceramente de acuerdo: la gente que salga hoy está reclamando a gritos que surja un sector político que los represente. Nada más acertado.

Contrario a mi MO habitual, decido continuar leyendo la nota. Hasta el final. Nada podía prepararme para el nivel de indignación que me invadió.

¿Realmente piensa Pagni, columnista laureado de uno de los dos diarios con mayor circulación del país, que se puede juzgar el alcance o la representatividad de esta movilización PORQUE APARECE MUCHO EN FACEBOOK Y TWITTER? ¿Realmente subestima de esa manera a la sociedad argentina?

Hay varias cosas que me vienen a la cabeza, ninguna de ellas bonita, para decirle a Pagni.

Primero, si es por lo que se desprende de las redes, la protesta de hoy tiene exactamente la misma importancia que el calor, el apagón y la derrota de Boca frente a Arsenal, y si no me creen, miren los TT de Twitter exactamente a las 8.21 am, cuando escribo esto:



Por no hablar de cuando el hashtag promocionado declara amor a uno u otro participante de los programas de televisión más denigrantes. Eso sí que da real medida de la importancia de las tendencias de Twitter, ¿no?

Si yo estuviera de acuerdo con las banderas de la gente que hoy protesta, y me dijeran que no son importantes porque están por debajo de los mejores dibujitos, me sentiría mínimamente insultada. Y por otro lado, ¿pensará Pagni que la gente más necesitada de contención, los verdaderamente pobres y excluídos, se la pasan twitteando o subiendo consignas a Facebook? En el interior, donde no se vive al paso de Buenos Aires (que está bueno, ¿vieron?), ¿la gente saldrá a manifestarse porque lo leyó en las redes o porque convoca Macri?

En segundo lugar, me molesta soberanamente la utilización de términos como “8N” o “caceroleros”. Este último me parece una falta de respeto a la gente que buenamente quiere ser oída, y el primero es una abreviatura innecesaria, una manera obsecuente de intentar acercarse a una generación que no lee, no escribe y por ende no sabe hablar. Y recordemos qué pasa cuando la gente pierde el poder de expresarse (¿nadie leyó 1984 de Orwell? ¿Pagni no lo leyó?).

Por último, lo más importante, y que tiene que ver con la posibilidad de libre expresión: el ámbito para verdaderamente cambiar la realidad en un marco de democracia son las instituciones. Arrancarse los pelos online no lleva a nada. Si de verdad hay un sector unido y organizado como dice Pagni, debería involucrarse en la arena de la política, no en la de la publicidad barata que circula por las redes. Y otra vez me pregunto si Pagni y todos los que acompañan sus banderas realmente olvidaron lo que sucedió en el país TODAS LAS VECES QUE SE DECIDIÓ IGNORAR A LAS INSTITUCIONES. ¿Vamos a votar por Twitter o por Facebook la próxima vez? ¿O no vamos a votar directamente?

Respeto profundamente el derecho a expresarse libremente de TODOS los sectores de la sociedad. Y me enseñó mi papá que cuando el pueblo habla hay que escucharlo. Pero creo que tenemos que abrir los ojos y fijarnos a quién tenemos parado al lado cuando hacemos ruido, porque no todo el ruido son voces: algunos son solamente contaminación sonora, que termina lastimando nuestros oídos y no nos deja escuchar más.

domingo, agosto 19, 2012

Pochoclo

Aclaremos algo: pochoclo hubo siempre, solo que le dijimos siempre pochoclo, no palomitas ni mucho menos pop-corn.
El pochoclo te lo vendía un señor en la plaza que también preparaba otras especialidades como las manzanas  acarameladas (con pochoclo pegado), el algodón de azúcar (celeste o rosa, según el sexo), los pirulines (inevitablemente gomosos), la garrapiñada (solo de maní, la de almendra vino con el derroche de los años '90) y los conos de maní sin pelar (hechos de papel de diario).
Conseguir que mamá / papá / mayor de turno te comprara cualquiera de esas delicias era todo un logro del cual pocos podían vanagloriarse. En general las admirabas a la distancia, mientras soñabas con un día ser grande y tener tu propia plata para poder comprarte todas las que quisieras (al igual que los chicles Bazooka y el chicle Jirafa - y los Topolinos y las Mielcitas, ahora que lo pienso).
Me causa un odio casi rayano en lo enfermo el pochoclo de cine moderno. Y las masas masticadoras del mismo. Y no hay justificativo que lo apacigüe (léase "Pero no puedo contenerme: ¡es riquísimo!")
La tilinguería de masticar pochoclo en el cine metiendo las manos en un colectivo balde de diseño yanqui me subleva. Y no es por la falta de higiene (yo crecí jugando con bichos bolita en el fondo de Lomas, entiéndase). Es el hecho de haber olvidado reglas básicas de conducta educada y buenos modales. Y la amnesia de identidad nacional, che.
Ir al cine hoy en día es un experimento de tolerancia a situaciones extremas, especialmente si - como yo - la mayoría de las veces van a ver películas infantiles, aunque no está limitado a éstas. Durante toda la función se deberá aguantar el ruido de las mandíbulas batientes y los sorbidos estridentes, además de los cuchicheados llamados de atención al masticador de turno ("¡Che, me toca!" o similar). Ni que hablar cuando se arma entre los infantes porque a) Fulanito se comió todo, b) Menganito no me convida, o C) ¡Se cayó todo al piso!.
Cuando yo era chica íbamos al cine munidos de nuestras más que civilizadas cajitas de Sugus confitados (como corresponde) o Maní con Chocolate Arce también en amarilla cajita (cuando el presupuesto no daba para los Sugus). No es un dato menor el de las cajitas: no hacen ruido al abrirse, y su magro contenido asegura su consumición total previa al inicio de la película, asegurando al resto de los espectadores un disfrute libre de las molestias asociadas. Por supuesto, cada chico tenía eso y NADA MÁS, así que a nadie se le iba a caer al piso, lo cual, como beneficio extra, garantizaba un piso bastante menos roñoso que el que nos ofrecen las salas 3D, 2D y muchas X de la modernidad. Honestamente, no sé cómo nos hemos acostumbrado a convivir tan alegremente con la roña; ¿será una cosa de Buenos Aires nada más?.
Hoy paseaba por el Museo del Bicentenario y me quedé mirando un secretaire que Sarmiento trajo de Nueva York, empecinado en mostrarnos cómo todo lo que se hace en otros países es mejor y más avanzado que lo que hacemos nosotros (recordemos que después de la presidencia de Sarmiento empezó el mayor estancamiento de la industria local hasta la década del neoliberalismo de Carlos y su Primer Mundo). Es bastante sencillo sugerir que esto se traduce también en la idea de que la gente de otros países es mejor. Por lo cual vamos a hacer cualquier cosa, no importa cuán estúpida, para parecernos a ellos, llámese festejar San Valentín, San Patricio y Halloween o comer pochoclo en el cine en baldes maratónicos aunque no entendamos (ni pensemos) muy bien por qué. Y ojo: "Porque me gusta" no vale como respuesta, muchachos; todos superamos la etapa oral, ¿no?.
Me gustaría empezar una cruzada para volver a nuestras raíces, o para inventarnos costumbres nuevas, nuestras, que nos hagan sentir orgullosos de nosotros mismos y de lo originales que somos. Esto de copiar costumbres de gente decadente me amarga, a decir verdad. O quizás es domingo a la noche y me pesa el vino, no estoy del todo segura.
Aunque "In Vino Veritas", ¿no?
En fin...