Aclaremos algo: pochoclo hubo siempre, solo que le dijimos siempre pochoclo, no palomitas ni mucho menos pop-corn.
El pochoclo te lo vendía un señor en la plaza que también preparaba otras especialidades como las manzanas acarameladas (con pochoclo pegado), el algodón de azúcar (celeste o rosa, según el sexo), los pirulines (inevitablemente gomosos), la garrapiñada (solo de maní, la de almendra vino con el derroche de los años '90) y los conos de maní sin pelar (hechos de papel de diario).
Conseguir que mamá / papá / mayor de turno te comprara cualquiera de esas delicias era todo un logro del cual pocos podían vanagloriarse. En general las admirabas a la distancia, mientras soñabas con un día ser grande y tener tu propia plata para poder comprarte todas las que quisieras (al igual que los chicles Bazooka y el chicle Jirafa - y los Topolinos y las Mielcitas, ahora que lo pienso).
Me causa un odio casi rayano en lo enfermo el pochoclo de cine moderno. Y las masas masticadoras del mismo. Y no hay justificativo que lo apacigüe (léase "Pero no puedo contenerme: ¡es riquísimo!")
La tilinguería de masticar pochoclo en el cine metiendo las manos en un colectivo balde de diseño yanqui me subleva. Y no es por la falta de higiene (yo crecí jugando con bichos bolita en el fondo de Lomas, entiéndase). Es el hecho de haber olvidado reglas básicas de conducta educada y buenos modales. Y la amnesia de identidad nacional, che.
Ir al cine hoy en día es un experimento de tolerancia a situaciones extremas, especialmente si - como yo - la mayoría de las veces van a ver películas infantiles, aunque no está limitado a éstas. Durante toda la función se deberá aguantar el ruido de las mandíbulas batientes y los sorbidos estridentes, además de los cuchicheados llamados de atención al masticador de turno ("¡Che, me toca!" o similar). Ni que hablar cuando se arma entre los infantes porque a) Fulanito se comió todo, b) Menganito no me convida, o C) ¡Se cayó todo al piso!.
Cuando yo era chica íbamos al cine munidos de nuestras más que civilizadas cajitas de Sugus confitados (como corresponde) o Maní con Chocolate Arce también en amarilla cajita (cuando el presupuesto no daba para los Sugus). No es un dato menor el de las cajitas: no hacen ruido al abrirse, y su magro contenido asegura su consumición total previa al inicio de la película, asegurando al resto de los espectadores un disfrute libre de las molestias asociadas. Por supuesto, cada chico tenía eso y NADA MÁS, así que a nadie se le iba a caer al piso, lo cual, como beneficio extra, garantizaba un piso bastante menos roñoso que el que nos ofrecen las salas 3D, 2D y muchas X de la modernidad. Honestamente, no sé cómo nos hemos acostumbrado a convivir tan alegremente con la roña; ¿será una cosa de Buenos Aires nada más?.
Hoy paseaba por el Museo del Bicentenario y me quedé mirando un secretaire que Sarmiento trajo de Nueva York, empecinado en mostrarnos cómo todo lo que se hace en otros países es mejor y más avanzado que lo que hacemos nosotros (recordemos que después de la presidencia de Sarmiento empezó el mayor estancamiento de la industria local hasta la década del neoliberalismo de Carlos y su Primer Mundo). Es bastante sencillo sugerir que esto se traduce también en la idea de que la gente de otros países es mejor. Por lo cual vamos a hacer cualquier cosa, no importa cuán estúpida, para parecernos a ellos, llámese festejar San Valentín, San Patricio y Halloween o comer pochoclo en el cine en baldes maratónicos aunque no entendamos (ni pensemos) muy bien por qué. Y ojo: "Porque me gusta" no vale como respuesta, muchachos; todos superamos la etapa oral, ¿no?.
Me gustaría empezar una cruzada para volver a nuestras raíces, o para inventarnos costumbres nuevas, nuestras, que nos hagan sentir orgullosos de nosotros mismos y de lo originales que somos. Esto de copiar costumbres de gente decadente me amarga, a decir verdad. O quizás es domingo a la noche y me pesa el vino, no estoy del todo segura.
Aunque "In Vino Veritas", ¿no?
En fin...
Y además, el olor! Que te persigue hasta cuando nadie en la sala está con el balde.
ResponderEliminarpero hay que reconocer que el pochoclo que te venden ene l cine es sinceramente adictivo. y por otro lado me alegra encontrar alguien más que tiene ese sentimiento hacia Sarmiento. Mariana Fernández
ResponderEliminar